
Dura carta de una mujer que denunció rechazo en una iglesia evangélica: “No te podemos ayudar porque no sos hija de Dios”
redacción



Una mujer que asegura haber concurrido durante cinco años a una iglesia evangélica expresó su dolor tras una situación que, según relató, vivió cuando solicitó acompañamiento espiritual para su familia. La seguidora se comunicó con MasContenidos.net y pidió contar el mal momento que atravesó, con el objetivo de compartir su experiencia y generar una reflexión sobre el trato hacia las personas que buscan ayuda en momentos difíciles.
A través de un escrito dirigido a la iglesia de su ciudad, la mujer contó que se acercó a un servidor de la congregación para pedir que un pastor visitara su hogar y su negocio con el objetivo de orar por su familia.
Según su testimonio, durante esa conversación le preguntaron si estaba bautizada en esa iglesia y si participaba de una célula. La mujer explicó que no se había bautizado allí y que había dejado de asistir a las reuniones por sus horarios de trabajo.


Fue entonces cuando, de acuerdo con su relato, recibió una respuesta que la hirió profundamente: “No te podemos ayudar porque no sos hija de Dios”.
En su carta, la mujer apeló a distintos pasajes bíblicos y sostuvo que la búsqueda de acompañamiento espiritual debería estar guiada por el amor, la misericordia y la comprensión, especialmente cuando una persona atraviesa situaciones familiares dolorosas.
La carta completa:
“Me acerqué buscando a Dios y ninguna persona debería hacerle sentir a otra que no merece acercarse a Él”
A la iglesia de la ciudad a la que concurrí durante cinco años:
Les escribo desde el dolor, pero también desde la convicción de que la Palabra de Dios merece ser defendida con amor, verdad y coherencia.
Durante cinco años concurrí a esta iglesia, buscando conocer más al Señor, fortalecer mi fe y encontrar un lugar donde pudiera sentirme acompañada espiritualmente. Soy una mujer que atraviesa situaciones familiares dolorosas, que trabaja, que lucha todos los días y que, a pesar de las dificultades, sigue buscando a Dios.
Hace poco me acerqué a un servidor, el señor Adrián, porque sentía en mi corazón la necesidad de que un pastor visitara mi hogar y mi negocio para orar por mi familia. Mi esposo también había sentido esa necesidad. Queríamos que oraran por nuestra casa, por nuestra familia y por las situaciones difíciles que estamos atravesando.
Le conté que estaba sufriendo por palabras de maldición y deseos de mal provenientes de personas de mi propia familia. Me acerqué con el corazón abierto, buscando oración, contención y una palabra de fe.
Pero su respuesta fue preguntarme si estaba bautizada en esa iglesia y si pertenecía a una célula. Le expliqué que no me había bautizado allí y que había dejado de concurrir a la célula debido a mis horarios comerciales de trabajo.
Entonces escuché unas palabras que me dejaron helada y me partieron el corazón: que no podían ayudarme porque no estaba bautizada y que yo no era hija de Dios.
Me pregunto: ¿desde cuándo un servidor tiene autoridad para determinar quién es hijo de Dios y quién no?
La Biblia dice en Juan 1:12: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios».
Y en Juan 6:37, Jesús nos enseña: «Al que a mí viene, no le echo fuera».
Jesús no rechazaba a las personas que se acercaban con el corazón herido. No les exigía primero demostrar que eran perfectas para escucharlas. Él se acercaba al necesitado, al quebrantado y al que buscaba consuelo.
También dice Romanos 2:11 que Dios no hace acepción de personas.
Quiero dejar algo claro: no estoy diciendo que el bautismo no sea importante. Sé que es un paso significativo en la vida cristiana. Tampoco estoy cuestionando que una iglesia tenga sus enseñanzas y su organización. Lo que cuestiono es que se me haya dicho que no soy hija de Dios, como si mi bautismo en una congregación determinada fuera lo que definiera mi valor ante el Padre.
¿Acaso una persona que todavía no se bautizó no merece una oración? ¿Una familia que atraviesa dificultades debe quedarse sin acompañamiento espiritual porque uno de sus integrantes no cumplió con un requisito de la congregación? ¿No es precisamente en los momentos de dolor cuando más necesitamos que alguien nos acerque al amor de Cristo?
En Mateo 11:28, Jesús dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar».
Eso era lo que yo buscaba: una oración, una visita, una palabra de aliento. No pedía privilegios ni pretendía que nadie resolviera mis problemas. Simplemente me acerqué a una iglesia en la que había confiado durante años.
Y después de decirme que no era hija de Dios, el señor Adrián terminó con un «que Dios la bendiga» que, por la manera en que lo recibí, sentí como una ironía que hizo todavía más doloroso ese momento.
No escribo esto para atacar a nadie, sino para expresar una herida y hacer una reflexión que considero necesaria.
La iglesia debería ser un lugar donde quien está sufriendo encuentre consuelo, no donde salga sintiéndose rechazado por buscar a Dios.
Porque una cosa es enseñar la importancia del bautismo, de congregarse y de crecer espiritualmente, y otra muy distinta es hacerle creer a una persona que no es hija de Dios porque todavía no dio ese paso.
Jesús nos enseñó a amar al prójimo, a tener misericordia y a no creernos superiores a los demás. En Mateo 7:16, nos recordó que a las personas se las reconoce por sus frutos. Y en Juan 13:35 dijo que todos conocerían a sus discípulos por el amor que se tuvieran unos a otros.
Por eso, creo que debemos preguntarnos qué testimonio estamos dando cuando alguien se acerca buscando ayuda y se va con el corazón roto.
No necesito que nadie me declare hija de Dios ni que una institución me otorgue ese lugar. Mi fe, mi búsqueda sincera y mi relación con el Señor no deberían ser utilizadas para hacerme sentir inferior. Si hay pasos que debo dar en mi camino espiritual, quiero aprenderlos desde el amor, la enseñanza y la verdad, no desde la humillación.
La iglesia no es dueña de Dios. Ningún servidor puede ocupar el lugar de Cristo ni creerse juez definitivo del corazón de otra persona.
Espero que esta situación sirva para reflexionar. Porque detrás de cada persona que se acerca a pedir oración puede haber una historia de sufrimiento que desconocemos. Y una palabra dicha sin amor puede herir profundamente a alguien que ya viene lastimado.
No quiero responder al dolor con odio, ni a una actitud que me hirió con otra actitud semejante. Quiero responder con la Palabra de Dios, porque creo que la verdad no necesita insultos para hacerse escuchar.
Mi deseo es que quienes sirven en una iglesia recuerden siempre que están llamados a servir como Jesús: con humildad, compasión y amor por las personas.
Que Dios nos ayude a todos a revisar nuestro corazón, a no confundir los requisitos religiosos con la misericordia y a recordar que el centro de nuestra fe debe ser Jesucristo.
Porque yo no me acerqué buscando una puerta cerrada. Me acerqué buscando a Dios. Y ninguna persona debería hacerle sentir a otra que no merece acercarse a Él.
Que el Señor bendiga a mi familia, mi hogar, mi negocio y también a quienes me hirieron. Que me dé sabiduría para seguir adelante, fortaleza para atravesar las dificultades y un corazón que no se llene de rencor.
Y que nunca olvidemos estas palabras de Jesús, en Juan 6:37: «Al que a mí viene, no le echo fuera».



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